Las naranjas iguales

LAS NARANJAS IGUALES

 

 

 

EL RIO

 

El hombre vio el río y se entusiasmo por su belleza. El rió corría por la llanura, rodeando árboles y mojando grandes piedras. Reflejaba el sol y sus márgenes eran de hierba verde y suave hombre tomó el rió y se lo llevo a su casa, esperando que allá le ofreciese la misma belleza. Pero entonces su casa se inundó y el agua se llevó sus cosas. El hombre devolvió el río a la llanura. Ahora, cuando la hablan de las bellezas que antes admiraba dice que no se acuerda. No se acuerda de las llanuras, de las grandes piedras, de los reflejos del sol y de la hierba verde y suave. Recuerda solamente su casa anegada y sus cosas arrastradas por la corriente.

 

 

 

EL CARGAMENTO PRECIOSO

 

 

Le enviaron un precioso. Él revisó y firmó los recibos. Después sacó los muebles de su casa y guardó ahí dentro el cargamento que había bajado de los camiones. Ahora duerme porque ya no hay espacio para su cama. Duerme asustado, con miedo de que le roben el cargamento. Adelgazó y ya no confía en la gente. Le preguntamos, desde la mitad de la calle, porque no nos dejaba acercarnos y sentarnos a su puerta como antes lo hacíamos. Nos respondió que de ese modo evitaba que robásemos su tesoro.

-¿y quién te envió esa pesadilla? –preguntamos otra vez, en medio de la calle.

Respondió que no lo sabía, pero el cargamento, dijo, no era una pesadilla, era su tesoro, su riqueza.

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ÁRBOL QUE PENSABA

 

 

Era un árbol que pensaba. Y pensaba mucho. Un día lo trasladaron a la plaza en el centro de la ciudad. Le cayó bien esa atención. Se entusiasmo, creció, se agiganto.

Fue cuando vinieron los hombres y podaron sus ramas.

El árbol se extrañó del hecho y corrigió su crecimiento pensando

que la dirección de sus ramas era la causa del enojo del los hombres. Pero cuando nuevamente se agigantó los hombres volvieron y amputaron sus ramas.

Del árbol quería satisfacer a los hombres al juzgarlos sus benefactores y dejó de crecer. Y como ya no creció más, los hombres lo arrancaron de la plaza y pusieron otro en su lugar.

 

 

 

 

 

 

 

 

El robo del sol

 

Había un lugar en que todos los hombres eran deshonestos menos que uno que, por ese motivo, era admirado y respetado.

Pero había una razón para que ese hombre no fuera deshonesto. El empleo de cuidador de sol. Cuando creyó que era tiempo, solicitó el puesto y fue elegido.

Después de su elección, varios miembros del pueblo que vigilaban al cuidador y se vigilaban mutuamente pensaron que sus funciones habían perdido sentido. Pero el día en que el hombre honesto se vio solo cuidando el astro rey, hizo eso para lo cual se había preparado durante toda su vida: se robó el sol. Se robó el sol y se escondió con él en la más profunda caverna.

Y ahí, en su escondite, este hombre se sorprendió cuando oyó los gritos de sus perseguidores. Y gritó que él no era el autor del robo; que era inocente y que su pasado lo comprobaba. Pero los perseguidores ignoraron sus gritos y él, antes que lo atropellasen caminó al fondo de la caverna, preguntó:

-¿Por qué no me creen? Miren mi pasado.

Y uno de los perseguidores respondió:

-¿Cómo creerte si a tus espaldas está el intenso brillo del sol?

 

 

La justicia

 

Desde una colina donde se divisaba toda la ciudad, dos hombres guardaban silencio mirando dos cuerpos que se mecían uno junto a otro en el patíbulo de la plaza.

Uno de los hombres era el juez más sabio y justo de todo el país, y el otro, un leñador, amigo suyo.

El leñador rompió el silencio:

-señor juez, nunca hubo una sentencia suya que yo no aceptase como suprema justicia. Pero, disculpe mi infinita ignorancia, ¿por qué enviar a la horca a una mujer que en el juicio perdonó al cruel asesino de su hijo? ¿Cuál es la razón de esa sentencia, señor juez?

Y el juez, solemne, respondió:

-la justicia, amigo mío.

-¿pero cómo la justicia, ilustrísimo? Esa mujer era una santa. A todos los perdonaba; hasta al asesino de una santa. A todos los perdonaba; hasta al asesino de su hijo.

Y el juez, desde el fondo de su sabiduría, dijo:

-ella no tenía derecho de otorgar su perdón a ese crimen.